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OVEJA CARA NEGRA

Prólogo del libro «Manantiales y lavanderas en La Paz» de Jhaquelin Dávalos

Por: Carlos Revilla

Las denominadas Guerras del Agua, sucedidas en las ciudades bolivianas de El Alto y Cochabamba, abrieron un nuevo ciclo tanto en la política como en la investigación social en Bolivia. Las lecturas que buscaban explicar estos eventos se concentraron en el proceso de privatización del sector de los servicios básicos impulsado por el neoliberalismo, las modalidades de gestión, el desempeño de las empresas privadas con respecto al desempeño de la gestión pública, el acceso al agua, la distribución desigual de inversiones y tarifas y su relación con el descontento y la movilización social.

Las denominadas Guerras del Agua, sucedidas en las ciudades bolivianas de El Alto y Cochabamba, abrieron un nuevo ciclo tanto en la política como en la investigación social en Bolivia. Las lecturas que buscaban explicar estos eventos se concentraron en el proceso de privatización del sector de los servicios básicos impulsado por el neoliberalismo, las modalidades de gestión, el desempeño de las empresas privadas con respecto al desempeño de la gestión pública, el acceso al agua, la distribución desigual de inversiones y tarifas y su relación con el descontento y la movilización social.

El trabajo de Jhaquelin Dávalos forma parte de una corriente distinta, quizás menos atendida, pero no menos importante, en los estudios sobre el recurso hídrico en Bolivia, la cual remite a los sentidos y prácticas asociados al uso del agua. La autora estudia los procesos, interacciones y prácticas culturales que suceden alrededor de los manantiales que emanan y discurren a lo largo de los barrios de las laderas de la ciudad de La Paz. La “mirada” de la autora se sitúa “en lo periférico”, tanto temática como territorialmente, puesto que indaga sobre una actividad tan cotidiana y aparentemente mundana como el lavado de ropa alrededor de lavanderías colectivas de la ciudad de La Paz, dando cuenta no sólo de su importancia como espacio de interacción entre lo íntimo y lo común, entre lo social y lo natural, sino también de los significados que fluyen y confluyen a su alrededor.

La autora destaca la relación estrecha entre los ríos y el establecimiento de las ciudades, sin embargo; a medida que, en el capitalismo, las ciudades surgen y crecen, los ríos tienden a contaminarse, desviarse, esconderse, o inclusive a desaparecer. Paradójicamente, aunque la disponibilidad del recurso hídrico es un motivo para la conformación de una ciudad en un lugar determinado, el crecimiento urbano puede dar origen a su transformación y eventualmente a su fin. La relación entre el cambio ecológico y el cambio social ha sido, desde el auge de la ecología cultural, un tema recurrente en los estudios abocados a las sociedades rurales; no obstante, gracias a la ecología política, este vínculo está empezando a ser abordado con mayor detenimiento en los ámbitos urbanos. De esta perspectiva el fenómeno de la urbanización puede ser entendido como uno de los principales “motores de cambio socio-ecológico”1.

Frente a estos vertiginosos cambios, la sociabilidad y la acción co- lectiva constituyen espacios de resistencia y de permanencia de prácticas sociales. Las lavanderías colectivas ubicadas en las pendientes de los barrios de La Paz pueden considerarse entre este tipo de espacios, los cuales recuerdan resabios de formas pretéritas de aprovechamiento de las fuentes de agua, a la vez que exponen presentes vitales y tensos, así como futuros posibles para lo común en la ciudad.

Como indica la autora, para las familias que viven en reducidas viviendas alquiladas, los manantiales no sólo brindan acceso a agua sino también condiciones adecuadas de lavado y secado; para las la- vanderas, los manantiales son una fuente de ingresos mientras que los visitantes encuentran en los manantiales un espacio para el disfrute de la naturaleza; finalmente, para muchas vecinas, lavar en los manantiales permite la socialización y el disfrute del espacio abierto, del sol, del aire y del agua.

La autora ha sido capaz de abrirse paso entre los discursos hege- mónicos de la gestión pública y la cooperación para desentrañar estos sentidos, pero sin claudicar ante la idealización de las interacciones de las que fue simultáneamente testigo y parte, y con cuyas contradicciones fue capaz de empatizar respetuosa pero críticamente.

Estos logros no son casuales pues responden al adecuado y pertinente abordaje metodológico de la autora, el cual me permito destacar. Basada en buena medida en las técnicas visuales, esta metodología permite trascender viejos supuestos sobre las aproximaciones visuales aplicadas a las Ciencias sociales2.

El primer supuesto es que las técnicas visuales se reducen a un mero instrumento de registro de campo cuyo producto es posteriormente siste- matizado y analizado en el gabinete. Este supuesto, ha sido reemplazado desde hace tiempo por planteamientos que destacan la importancia de constituir una relación recíproca entre imagen y texto escrito, entre el significante que brinda la imagen y el significado que se produce gracias al hecho investigativo. En el estudio de Dávalos, la imagen forma parte integral del proceso de construcción del conocimiento, su puesta en duda y su reflexión, dado que la imagen tiene “potencial epistemológico”. La investigadora co-produjo las imágenes con las y los sujetos que convi- ven en torno a los manantiales; sin embargo, su opción no se limitó a la práctica de dar cámaras a los miembros de la comunidad para que ellos creasen las imágenes que serían luego interpretadas por la investigadora. Esta investigación ha echado mano de diversas maneras de trabajar lo visual, por medio de las cuáles la imagen ha producido conocimiento de distintas formas.

Este solo hecho da cuenta del valor y del interés que puede generar esta investigación al brindarnos una perspectiva amplia de las múltiples modalidades de aplicación y, por tanto, de aproximaciones epistemológicas que la metodología visual puede aportar a la ciencia social. Además de ello, la autora nos proporciona un cautivante análisis crítico y reflexivo sobre la puesta en práctica de estas distintas técnicas.

El rasgo común de estas diversas modalidades de metodología visual puede definirse bajo la noción de “extrañamiento”, que en el lenguaje etnográfico suele referirse al sentimiento de incertidumbre que surge tras el encuentro con la otredad. Sin embargo, con las técnicas aplicadas por la autora, el extrañamiento surge también en los propios sujetos del estudio al verse retratados en las imágenes de sus interacciones con sus pares, con los manantiales y con el paisaje del que forman parte. Ese sentimiento que quizás se asemeje a aquel que experimentamos cuando escuchamos nuestra voz grabada, lo cual a veces nos cuesta y otras nos incomoda o divierte reconocer, constituye, por medio del diálogo con la investigadora, la base para la “imaginación sociológica” y la construcción de un conocimiento nuevo sobre sí mismos.

La apuesta por técnicas como esta responde, no sólo a su trayectoria como fotógrafa y cineasta de oficio, sino también de la experiencia de la autora como pedagoga. En cierta ocasión ella afirmaba que: “cuando los niños y niñas hacen radio les encanta escucharse, probar varias formas de ser con la voz y, la posibilidad que su voz aporta a una construcción mayor, un cuento o una historia y todo eso se hace como jugando”.

No se trata de asombrarse viendo al otro, como sucediera en la experiencia del conquistador, del explorador o del etnógrafo clásico, sino de participar del extrañamiento del otro respecto a sí mismo. Ello implica propiciar la toma de distancia del sujeto respecto a sí mismo, más concretamente respecto a su imagen y, con ello, participar de su proceso reflexivo respecto a su relación con su cotidiano y el paisaje del que forma parte.

Igual pasa con la cámara, entablas una relación con la cosas y la gente creando como un escenario, una puesta en escena, les empujas a sentir un poco de extrañeza sobre su cotidianidad para valorarla, y luego se producen cosas que ni ellos ni yo sabíamos que había, y con los manantiales también he buscado eso, llevando la impresora para entregar las fotos, para que puedan valorizar ese momento, pensaba que tal vez no hay mu- chas fotos de ellas lavando su ropa en sus ríos.

De este modo, frente a la idea de que la observación es un dispositivo de extracción de información, ajeno a las emociones y el compromiso ideológico del autor, el resultado es una construcción colectiva que involucra, pero que también afecta a sujetos e investigadora.

Creo que los estudios visuales muy apegados a la antropología se para- lizan con el temor de estar rompiendo la horizontalidad cuando se pide cambios, recreaciones o repeticiones de sucesos a fotografiar, por ejemplo. (…) Amo eso, tiene un efecto en mí y en ellos también.

Otro supuesto habitual respecto a la metodología visual tiene que ver con su pretendida falta de rigurosidad. En el caso de la investigación de Dávalos, la articulación de una metodología con énfasis en lo visual y un marco de interpretación delimitado por el “concepto de paisaje” permiten sustentar un abordaje inductivo coherente y sistemático en el que la profundidad y la sensibilidad frente a los detalles, los contrastes, las tensiones y perspectivas de los sujetos en el cotidiano no impiden alcanzar debida cuenta del panorama amplio en el que los factores so- cioculturales interactúan con los factores biofísicos.

Las personas construimos el conocimiento de forma inductiva (con relatos, anécdotas, testimonios, como sucede en muchas asambleas) y hay quienes construyen desde categorías (saben nombrar bien los sucesos, sa- ben la palabra exacta para nombrar las cosas). Probablemente sufría por no saber hablar así, pero me he dado cuenta que esas personas son más estructuradas también y sus búsquedas son reducidas. Yo soy más inductiva, por eso trabajo con la imagen.

Este enfoque de construcción colectiva de conocimientos asentado sobre la perspectiva de los sujetos, en especial de las mujeres, muestra su potencial para proveer de contenido, identidad y sentido histórico- político al estudio de los procesos de urbanización y cambio socio- ecológico que se producen alrededor de los manantiales de la ciudad de La Paz. Por estas mismas razones, este enfoque se muestra capaz de perfilar y aportar a la reivindicación de la identidad hídrica de La Paz bajo una perspectiva integral sobre el recurso, a repensar el vínculo en- tre arquitectura y fuentes de agua y a promover, con más esperanza que ingenuidad, la innovación en la habilitación y rehabilitación de espacios comunes en torno al agua, en torno a la ciudad.

1 Quimbayo Ruiz, G. y Vásquez Rodríguez, F. (2016). Hacia una ecología política de la urbanización en América Latina. Ecología Política, 56. Pp. 43-51.

2 Zirión Pérez, A. (2015). Miradas Cómplices, Cine Etnográfico, estrategias co- laborativas y antropología visual aplicada. Iztapalapa Revista de Ciencias Sociales y Humanidades, 36(78). Enero a junio. Pp. 45 – 70.


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